Los abuelos nunca mueren, se vuelven invisibles y duermen para siempre en nuestro corazón

por Lili en Sep 29th, 2016

abuelo-nieto

Siempre se les echa de menos y daríamos lo que fuera por volver a escuchar sus historias, por sentir sus cariños y esas miradas llenas de infinita ternura.

Pero es ley de vida, mientras los abuelos tienen el privilegio de vernos nacer y crecer, nosotros debemos ser testigos de cómo envejecen y se van de este mundo. Su pérdida es casi siempre la primera despedida a la que hemos tenido que enfrentarnos en nuestra infancia.

Así fue en mi caso y en el de mis niños. Yo tenía 12 años cuando vi partir a mi abuela paterna, la Raquel, de esas abuelas que son imposibles de no querer, porque siempre me regaloneaba con todo lo que yo quería, dormía con ella, me llevaba de paseo, me hacia mi comida favorita, etc. y cuando le dio cáncer la vi sufrir, la vi llorar y vi también como se iba apagando. Hasta el día de hoy la pienso, la recuerdo, que ganas de haberla tenido más tiempo conmigo, que hoy pudiera conocer a sus bis nietos, sacarla a tomar té, acostarme al lado de ella y sentir su olor. Teníamos un vínculo único, muy especial, éramos cómplices, y siempre nos quisimos mucho.

En el caso de mis niños, tuvieron que sufrir la partida de su abuelo paterno, brusca, repentina, sin despedidas. Hoy se cumplen dos años desde que eso ocurrió y la verdad es que no hay día en que no lo mencionen, en que no lo recuerden, y que a pesar del tiempo sigue muy presente. Mis niños eran muy chicos, pero él dejó su huella en ellos, su esencia, su herencia, su gusto por las cosas simples, sus ganas de vivir la vida! Se van las personas pero queda su alma, su recuerdo intacto. Un abuelo, un amigo, una persona tan querida que de seguro nunca van a olvidar!

Los abuelos sostuvieron nuestras manos durante un tiempo, mientras nos enseñaban a andar, pero luego, lo que sostuvieron para siempre fueron nuestros corazones, ahí donde dormirán eternamente ofreciéndonos su luz y su recuerdo.

Sus presencias habitan aún en esas fotos impresas y que guardamos en marcos y no en la memoria de un teléfono. El abuelo está en ese árbol que plantó con sus manos, en ese vestido que nos cosió la abuela y que aún conservamos. Están en los olores de esas tortas hechas a mano y que habitan en nuestra memoria emocional. 

Su recuerdo está también en cada uno de los consejos que nos dieron, en las historias que nos contaron, en el modo en que nos hacemos los nudos de los zapatos e incluso en las características físicas que hemos heredado de ellos.

Los abuelos no mueren, porque se inscriben en nuestras emociones de un modo más delicado y profundo que la simple genética. Nos enseñaron a ir un poco más despacio y a su ritmo, a saborear una caminata en el campo, a descubrir que los buenos libros tienen un olor especial ya que existe un lenguaje que va mucho más allá de las palabras.

Es el lenguaje de un abrazo, del cariño, de una sonrisa cómplice y de un paseo a media tarde. Todo eso perdurará para siempre, y es ahí donde acontece la auténtica eternidad de las personas.

Es difícil no tenerlos, pagaríamos lo que fuera para poder verlos nuevamente, por eso hay que aprovecharlos al máximo, ahora, aquí, en el presente; abrazarlos lo que más podamos, acompañarlos aunque sea en silencio,  y aunque nos repitan más de una vez lo que quieren para tomar, digamos con gusto, “ya tata, te traigo el jugo que ya me pediste”.

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