¿Qué hacemos con los garabatos?

por Manana en May 23rd, 2017

garabatos

Escribo de algo que me ha pasado con mucha frecuencia por estos días, y de lo cual investigué, para buscar una forma de encausarlo y también darles consejos si es que están en la misma etapa.

Mi Pedri, que ya está en pleno período pre-escolar, empezó a decir garabatos, no escandalosamente, pero hemos notado que adquirió el bichito de usarlos. Está claro que en la casa sí ha escuchado garabatos, no voy a hacerme la santita (ni hablar de cuando voy manejando), pero ahora se le han ido ampliando los lugares donde escucha hablar con groserías: el colegio, el pasaje, la televisión y, particularmente, el estadio.

Me da risa, porque él sabe que es una palabra fea, y para evitar decirlos usa “sustitutos” de lo más cursi tipo “por la contra de Dios”, “pucha la lesera para grande” y “chuta que es guatón”. Entenderán que cada uno de esos términos reemplaza un garabato o una expresión de grueso calibre…

Y bueno, como poniéndonos serios el tema no es chistoso, y es muy feo ver niños chicos hablando a garabato limpio, es que investigué cómo frenar de raíz este tema.

Según mi lectura, el uso de garabatos se da con claridad en primera instancia en la edad pre-escolar, donde generalmente el niño los utiliza como imitación de una conducta, es decir, cuando ve que decimos groserías mientras manejamos, cuando conversamos con otros adultos, escuchándoselos a su amiguito del colegio o a sus hermanos mayores. En casi todos los casos, es un experimento de nuestro hijo que quiere ver cómo reacciona su entorno cuando el que usa estas palabras es él. Para tomar medidas y que esto no se expanda, ni pase a ser “una gracia”, aquí van algunos tips que podrían servirte:

– Pon cara de póker: aunque cueste! no le celebres ni te rías cuando tu hijo dice una grosería; eso sólo le reforzará el seguir haciéndolo, ya que no hay nada más satisfactorio para un niño que conseguir ese tipo de reacciones en un adulto. No puedo negar que cuando Pedri dice garabatos, por ejemplo, cuando imita a los hinchas en el estadio que se tiran un rosario eterno en los partidos, me da mucha risa, por el tono de su imitación, porque a veces ni siquiera pronuncia bien los garabatos, y por la inocencia de no saber que, por ejemplo, algunos de ellos son tremendamente ofensivos. ¡Pero está claro que reírse sólo le “aviva la cueca”, así que mordámonos la lengua!

– Busca alternativas a la palabra: esto a mí me ha servido harto; cuando tu hijo está enojado y aprende a decir un garabato para quejarse o expresar su frustración, trata de enseñarle una palabra alternativa a esa expresión, e idealmente divertida. Yo le he mostrado las de las películas, tipo recorcholis y todas esas siutiquerías, y me ha funcionado. Y si nos ponemos un poco más serios, es mejor guiarlos a que expresen su molestia literal: “estoy enojado”, “tengo rabia”, “me carga que no me salga el dibujo”, siempre será más preciso que un “#$)(#&?)(%” acompañado de patadas.

– Define límites: si tu hijo insiste en usar palabras groseras tienes que decirle que eso está mal. Si te pregunta por qué está mal y qué significa ese garabato, no le des explicaciones, ya que eso significaría darle más material para “comprender” el garabato. Simplemente, y con calma, define con claridad qué palabras no debe decir, bajo ningún escenario.

– No reacciones a lo que pide con groserías: no sacas nada con decirle “esa palabra no se dice, pero toma acá está tu juguete”, ya que, en el fondo, igual estás validando la palabra fea. Aunque la vuelta sea más larga, debe volver a pedirte o decirte lo que necesita, sin garabatos, reemplazando la grosería por una palabra adecuada.

– Enséñale a respetar a los otros: las groserías no son aceptables en ningún escenario, y él debe saberlo. Explícale con cariño que estas palabras pueden dañar al otro, hacerlo sentir incómodo, o insultarlo. De esta manera, independiente de que sus amigos o su entorno sigan usándolas, debe saber que no hacen bien. Eso genera empatía, que en los niños se da naturalmente, pero que a veces este tipo de definiciones de “lo bueno y lo malo” tienden a confundirlos.

– Da el ejemplo: si bien existen reglas diferentes para adultos y niños, si tu hijo te escucha todo el tiempo hablar con garabatos, va a ser bastante más difícil enseñarle a no usarlos. Como en todo orden de cosas, nosotros somos un espejo para los niños, y nuestra responsabilidad primera como padres es ser consecuentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Como obviamente no es fácil en la práctica, y los garabatos además están súper aceptados socialmente, si se nos escapan frente a nuestros hijos, admitamos en ese mismo momento que no deberíamos haber usado esa palabra, pidamos disculpas por la grosería y  corrijamos nuestra frase con la palabra correcta. Suena súper estricto, pero a la larga no es tan difícil de practicar, y estamos haciendo un tremendo favor a la educación de ellos.

– Controla lo que ve en la tele y en redes: Pedri es un nativo digital, y como tal, toma el Ipad y se mete a YouTube, sin saber leer ni escribir busca los partidos de fútbol que quiere ver, en el idioma que quiere, adelanta, cambia, busca otros temas por voz, y así. Impactante. Entonces, para mí es una fuente de riesgos brutal; por esto le hemos tratado de enseñar a que si escucha garabatos en un video lo cambie, queda automáticamente prohibido. Hasta ahora nos ha funcionado, pero tenemos muy pendiente la restricción mayor a los aparatos tecnológicos, porque mientras estamos trabajando nadie controla eso. Tarea urgente!

Esos son los tips que logré rescatar de los especialistas en estos temas. Yo sumaría de todas maneras comentarlo con los abuelos; mis papás no encuentran nada más divertido que celebrarle los garabatos a Pedri y decirlos “para callado”, y al final eso nos hace un flaco favor a todos. ¡Uno obviamente chochea con estas “travesuras”, pero sin ponerse densos, no es un buen camino!

Como en todo, es importante pedir al entorno alinearse con lo que como papás decidimos, y si no están de acuerdo, que están en todo su derecho, conversarlo por interno, pero no meterse ni menos ir en contra de las definiciones que como padres hacemos, mal que mal, los que estamos criando a nuestros niños somos nosotros mismos.

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